Ya había terminado. Llegamos tarde a la misa, que prometía hacernos escuchar el mejor Gospel del mundo. Mientras tanto en otro bloque dentro del mismo vecindario, una docena de hombres y mujeres de piel oscura en pocos minutos narraron en un acorde un trozo de mi vida. Estaba en Harlem, lo opuesto a la Quinta Avenida.
Ahí dónde la propia mirada baila hip-hop. Ahí quise quedarme. Es Bronx que me conquistó.
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